Lista de Poemas
Hecha para las burlas
Autor: Katalina Carvajal
No sé por qué llegaste a mi vida,
diría que fue de forma indebida,
porque el universo nada me cuenta,
ni me habla, ni me orienta,
ni me dice qué significas para mí,
en esta o en otra vida, ni siquiera así.
No sé por qué tenías que llegar,
ni por qué marchaste tan frío.
La última vez que pasaste a mi lado
fue en la sombra de aquella escalera,
y solo sentí tu indiferencia entera.
A veces nada tiene sentido,
nada de esto lo ha tenido.
No debí dejar que nadie tocara mi corazón,
por eso erigí mi protección,
pero tú la atravesaste,
y por primera vez descansé...
y luego, te marchaste.
No entiendo por qué la vida
me dio una parte de ti que perdería,
para después arrebatármela al instante.
No comprendo por qué no me negué,
quizás tus huellas eran sagradas,
y el destino lo sabía bien,
que las guardaría eternamente en mi ser.
Me enseñaste el valor de un abrazo,
a perderle el miedo a la mirada,
a preguntar con voz pausada:
“¿Cómo estás?”.
Y también me enseñaste a marchar,
aunque duela, aunque confunda,
aunque el mundo dé su vuelta rotunda.
Sabes que amo los juegos de cartas,
pero no quise tentar la suerte contigo,
porque no eras un premio, ni castigo,
eras mi amigo, casi una década conmigo.
Eras el chico que me observaba al escribir,
el rey elegido en el colegio infantil,
eras tú, de cabellos dorados,
eras tú, mi reflejo, mi amado.
Recuerdo cuando caí por las escaleras,
tensa, temerosa de las risas ajenas,
pero tú tocaste mi hombro
y dijiste “¿Cómo estás?”.
Eras egocéntrico, pretendiendo ser cool,
entre mentes depredadoras y vulgares,
siguiendo su juego para no ser presa,
pero yo vi a un chico con su tristeza.
Fingías tan bien ser malo,
pero te conocí y no eras tal cosa.
No lo supe a tiempo, quizá,
no quise admitir mi ceguera;
yo, la chica hecha para las burlas,
la que grabaron en un en vivo
y luego llamaron gorda.
No quería enfrentar tus decisiones,
porque si eligieras entre el ruido y yo,
te irías con ellos, con la burla vulgar,
y me hubieras consumido.
Por eso fui cruel, fui hiriente,
y respondí con frialdad aparente.
Y cuando la vida cierre su ciclo,
cuando el tiempo pase por encima,
cuando muera, serás mi última rima.
Y cuando mueras, tú lo sabrás,
que yo te amé de verdad.
Cada día muero un poco,
con mis dolencias invisibles,
me tropiezo, desangro y muero,
y si un día volvieras, amor imposible,
caería otra vez, sangraría otra vez,
pero no me acercaría más,
porque temo de tus huellas en mi paz.
Y te veré marchar,
porque estoy hecha para las burlas,
porque alguien siempre espera
verme cruzar la ciudad entera
para llamarme gorda,
y tú, mi chico temeroso,
solo dirás que soy fuerte
por mi mirada altiva,
pero no tomarás mi mano,
ni rozarás mi hombro,
ni dirás “¿Cómo estás?”.
Y aun así, te esperé,
esperé tu calma, tu compañía,
la que destensa mis días,
aunque sé que no volverás.
Lo nuestro fue lo que fue,
y seguirá siendo lo que nunca será.
Y cuando muera… tú lo sabrás.
Hecha para las burlas
Autor: Katalina Carvajal
No sé por qué llegaste a mi vida,
diría que fue de forma indebida,
porque el universo nada me cuenta,
ni me habla, ni me orienta,
ni me dice qué significas para mí,
en esta o en otra vida, ni siquiera así.
No sé por qué tenías que llegar,
ni por qué marchaste tan frío.
La última vez que pasaste a mi lado
fue en la sombra de aquella escalera,
y solo sentí tu indiferencia entera.
A veces nada tiene sentido,
nada de esto lo ha tenido.
No debí dejar que nadie tocara mi corazón,
por eso erigí mi protección,
pero tú la atravesaste,
y por primera vez descansé...
y luego, te marchaste.
No entiendo por qué la vida
me dio una parte de ti que perdería,
para después arrebatármela al instante.
No comprendo por qué no me negué,
quizás tus huellas eran sagradas,
y el destino lo sabía bien,
que las guardaría eternamente en mi ser.
Me enseñaste el valor de un abrazo,
a perderle el miedo a la mirada,
a preguntar con voz pausada:
“¿Cómo estás?”.
Y también me enseñaste a marchar,
aunque duela, aunque confunda,
aunque el mundo dé su vuelta rotunda.
Sabes que amo los juegos de cartas,
pero no quise tentar la suerte contigo,
porque no eras un premio, ni castigo,
eras mi amigo, casi una década conmigo.
Eras el chico que me observaba al escribir,
el rey elegido en el colegio infantil,
eras tú, de cabellos dorados,
eras tú, mi reflejo, mi amado.
Recuerdo cuando caí por las escaleras,
tensa, temerosa de las risas ajenas,
pero tú tocaste mi hombro
y dijiste “¿Cómo estás?”.
Eras egocéntrico, pretendiendo ser cool,
entre mentes depredadoras y vulgares,
siguiendo su juego para no ser presa,
pero yo vi a un chico con su tristeza.
Fingías tan bien ser malo,
pero te conocí y no eras tal cosa.
No lo supe a tiempo, quizá,
no quise admitir mi ceguera;
yo, la chica hecha para las burlas,
la que grabaron en un en vivo
y luego llamaron gorda.
No quería enfrentar tus decisiones,
porque si eligieras entre el ruido y yo,
te irías con ellos, con la burla vulgar,
y me hubieras consumido.
Por eso fui cruel, fui hiriente,
y respondí con frialdad aparente.
Y cuando la vida cierre su ciclo,
cuando el tiempo pase por encima,
cuando muera, serás mi última rima.
Y cuando mueras, tú lo sabrás,
que yo te amé de verdad.
Cada día muero un poco,
con mis dolencias invisibles,
me tropiezo, desangro y muero,
y si un día volvieras, amor imposible,
caería otra vez, sangraría otra vez,
pero no me acercaría más,
porque temo de tus huellas en mi paz.
Y te veré marchar,
porque estoy hecha para las burlas,
porque alguien siempre espera
verme cruzar la ciudad entera
para llamarme gorda,
y tú, mi chico temeroso,
solo dirás que soy fuerte
por mi mirada altiva,
pero no tomarás mi mano,
ni rozarás mi hombro,
ni dirás “¿Cómo estás?”.
Y aun así, te esperé,
esperé tu calma, tu compañía,
la que destensa mis días,
aunque sé que no volverás.
Lo nuestro fue lo que fue,
y seguirá siendo lo que nunca será.
Y cuando muera… tú lo sabrás.
Publicado: 09/10/2025
La misma flor
Autor: Katalina Carvajal
Desde mis diez años de vida
la muerte me ha ido aplastando,
robándose mis amores del alma
y secretos me fueron revelados,
espinas sangrientas guardaban
y con bondad las fui abrazando.
Desde entonces miedo me dio
dormir en la oscuridad,
por sentir que a alguien matarían
y que yo debía luchar.
Dicen que es el ciclo de vida
pero no lo supe mirar,
hasta que temí a la vejez
que en mi pecho vino a anidar.
Porque yo iba a casa de mis abuelos
y me preguntaban con qué quería el pan,
me bromeaban con dulzura,
oía sus risas sin enfermedad,
sentí un amor tan profundo
que creí sería inmortal,
para que se quedaran conmigo
hasta mis sueños lograr.
Porque creí que habría tiempo
para crecer y contar,
atreverme a hablar de la vida
y sus consejos tomar.
Era muy joven para entenderlo,
muy joven para aceptar
que todo es un ciclo sin retorno,
pues la vida sabe cortar.
Pero tuve un sueño premonitorio,
uno que nadie comprendió,
presentí que mi abuelo caía
de un infarto en su patio.
No comprendía el presagio
ni su fuerza al despertar,
¿Cómo un sueño tan pequeño
mi existencia iba a marcar?
Y mientras iba creciendo
dejé de en sueños confiar,
me volví más distante y fría
hasta que vino a marchar.
Golpeó mi ventana y esperaba
que yo le fuera a mirar,
pero la noche me ataba de miedo
y no me pude levantar.
Me dormí con el espanto
solo para que al despertar,
la muerte aplastara mi pecho
con su peso sin cesar.
Él había dejado su vida
pues el infarto atacó,
en aquel patio de mi sueño,
y mi cuerpo se paralizó.
Por años quedé en silencio,
el shock mi infancia marcó.
Logré verlo en su estado
entre la muerte y mi voz,
engañamos a los guardias,
mi verdadera edad negué
para verlo por última vez
enfermo, dormido quedó,
durmiendo semanas enteras
en el silencio de su muerte.
Y mis palabras fueron torpes
porque en Dios aún creía,
en la última esperanza
de mi vida, lo sentí.
Le dije que se arrepintiera
porque perdón hallaría,
y así su alma en su lado
algún día descansaría.
Me sonrió y yo lo sentí
como una señal del cielo,
volví a creer en supersticiones,
rompí mi propio desvelo.
Pero dijeron que era un reflejo,
no conciencia de mis ruegos,
y en mis manos quedó rota
la fe que guardaba luego.
Pero si no hubiera estado
paralizada del dolor,
le hubiera dicho que amaba
a ese abuelo, mi fervor.
Que aunque sangre no nos unía
éramos la misma flor,
ha sido la imagen más bella
que en mi vida quedó hoy.
Odiaba sus besos ásperos
por su barba y su ardor,
pero son el dulce peso
que cargaré sin rencor.
Porque yo iba a casa de mis abuelos,
me preguntaban por mi amor,
les decía que era pérdida
de tiempo y de ilusión.
Pero ellos conocieron al chico
que mis sueños perturbó,
lo conocieron un día
en un trabajo que quedó,
y ellos le preguntaron qué sería
y él dijo “profesor de educación física”.
Pero éramos tan pequeños
para todo comprender,
así son los ciclos de la vida,
así se aprende a perder.
Un amor tan inocente
no podía sostener
las pérdidas y las crisis,
ni las huidas vencer.
Y tengo sueños constantes
que se vuelven realidad,
y él ha estado en los más grandes,
por seis años consecutivos.
Y nunca creí necesitar
sus consejos en mi andar,
ante un amor tan distante
he dejado de soñar.
Perdí las ganas de amar
pero desearía encontrar amor,
anhelo que me protejan un día
cuando no me pueda levantar.
Porque en este mundo parece
que sola voy a quedar,
que todos desde la muerte
me observan sin respirar.
Vivo con torpeza y peso
deseando que no me aplaste
la muerte que va rondando,
ni la soledad llevar.
Pero tuve un sueño cierto
donde él hallaba la paz,
y era feliz junto a mi abuela,
su amor vencía al final.
Con dificultades y muerte
ese lazo supo estar,
y yo deseo, deseo
que cuiden mi caminar
hasta encontrar a ese alguien
que me ame de verdad,
hasta el día en que mi vida
de este mundo deba marchar,
y en ese instante al fin libre
mi alma podrá volar.
La misma flor
Autor: Katalina Carvajal
Desde mis diez años de vida
la muerte me ha ido aplastando,
robándose mis amores del alma
y secretos me fueron revelados,
espinas sangrientas guardaban
y con bondad las fui abrazando.
Desde entonces miedo me dio
dormir en la oscuridad,
por sentir que a alguien matarían
y que yo debía luchar.
Dicen que es el ciclo de vida
pero no lo supe mirar,
hasta que temí a la vejez
que en mi pecho vino a anidar.
Porque yo iba a casa de mis abuelos
y me preguntaban con qué quería el pan,
me bromeaban con dulzura,
oía sus risas sin enfermedad,
sentí un amor tan profundo
que creí sería inmortal,
para que se quedaran conmigo
hasta mis sueños lograr.
Porque creí que habría tiempo
para crecer y contar,
atreverme a hablar de la vida
y sus consejos tomar.
Era muy joven para entenderlo,
muy joven para aceptar
que todo es un ciclo sin retorno,
pues la vida sabe cortar.
Pero tuve un sueño premonitorio,
uno que nadie comprendió,
presentí que mi abuelo caía
de un infarto en su patio.
No comprendía el presagio
ni su fuerza al despertar,
¿Cómo un sueño tan pequeño
mi existencia iba a marcar?
Y mientras iba creciendo
dejé de en sueños confiar,
me volví más distante y fría
hasta que vino a marchar.
Golpeó mi ventana y esperaba
que yo le fuera a mirar,
pero la noche me ataba de miedo
y no me pude levantar.
Me dormí con el espanto
solo para que al despertar,
la muerte aplastara mi pecho
con su peso sin cesar.
Él había dejado su vida
pues el infarto atacó,
en aquel patio de mi sueño,
y mi cuerpo se paralizó.
Por años quedé en silencio,
el shock mi infancia marcó.
Logré verlo en su estado
entre la muerte y mi voz,
engañamos a los guardias,
mi verdadera edad negué
para verlo por última vez
enfermo, dormido quedó,
durmiendo semanas enteras
en el silencio de su muerte.
Y mis palabras fueron torpes
porque en Dios aún creía,
en la última esperanza
de mi vida, lo sentí.
Le dije que se arrepintiera
porque perdón hallaría,
y así su alma en su lado
algún día descansaría.
Me sonrió y yo lo sentí
como una señal del cielo,
volví a creer en supersticiones,
rompí mi propio desvelo.
Pero dijeron que era un reflejo,
no conciencia de mis ruegos,
y en mis manos quedó rota
la fe que guardaba luego.
Pero si no hubiera estado
paralizada del dolor,
le hubiera dicho que amaba
a ese abuelo, mi fervor.
Que aunque sangre no nos unía
éramos la misma flor,
ha sido la imagen más bella
que en mi vida quedó hoy.
Odiaba sus besos ásperos
por su barba y su ardor,
pero son el dulce peso
que cargaré sin rencor.
Porque yo iba a casa de mis abuelos,
me preguntaban por mi amor,
les decía que era pérdida
de tiempo y de ilusión.
Pero ellos conocieron al chico
que mis sueños perturbó,
lo conocieron un día
en un trabajo que quedó,
y ellos le preguntaron qué sería
y él dijo “profesor de educación física”.
Pero éramos tan pequeños
para todo comprender,
así son los ciclos de la vida,
así se aprende a perder.
Un amor tan inocente
no podía sostener
las pérdidas y las crisis,
ni las huidas vencer.
Y tengo sueños constantes
que se vuelven realidad,
y él ha estado en los más grandes,
por seis años consecutivos.
Y nunca creí necesitar
sus consejos en mi andar,
ante un amor tan distante
he dejado de soñar.
Perdí las ganas de amar
pero desearía encontrar amor,
anhelo que me protejan un día
cuando no me pueda levantar.
Porque en este mundo parece
que sola voy a quedar,
que todos desde la muerte
me observan sin respirar.
Vivo con torpeza y peso
deseando que no me aplaste
la muerte que va rondando,
ni la soledad llevar.
Pero tuve un sueño cierto
donde él hallaba la paz,
y era feliz junto a mi abuela,
su amor vencía al final.
Con dificultades y muerte
ese lazo supo estar,
y yo deseo, deseo
que cuiden mi caminar
hasta encontrar a ese alguien
que me ame de verdad,
hasta el día en que mi vida
de este mundo deba marchar,
y en ese instante al fin libre
mi alma podrá volar.
Publicado: 09/10/2025
Ana María
Autor: Katalina Carvajal
Los muertos siempre son glorificados,
más no pretendo brindarte devoción,
pues siento que no tengo ese perdón,
ahora que mis lágrimas calladas
te buscan tarde en muda confesión.
Te fuiste con semblante entristecido,
y aquí nadie supo darte consuelo a tiempo.
Quiero creer que nos miras
en tu escondido rincón del cielo,
donde guardas el aliento,
que nos observas rendidos, como antaño,
viviendo a nuestro modo, sin engaño.
Diecinueve años de vida compartida,
un solo abrazo desprevenido y callado
como dedicatoria a lo no dicho, de cuanto te amo.
Sé que debí agradecerte más la acogida,
por aceptarme cuando otros me habrían negado,
por llamarme “nieta” sin llevar tu sangre en mi vida.
Pensé que tendría tiempo para sentarme y hablar,
para contarte mis miedos y de la vida opinar,
aunque nunca fuimos tan cercanas.
Quería decirte que siempre estuve orgullosa
de llamarte abuela, voz cálida y hermosa.
Nunca olvidaré tu risa dramática,
ni la fortaleza tras tu mirada tensa.
Sé que fue duro ver pasar los años,
sentir el peso del tiempo en su balanza.
Sé que gritaste en silencio tantas veces,
deseando retroceder la suerte adversa,
hallar consuelo en páginas quemadas
aunque los recuerdos dolieran,
como si te mataran.
Extraño verte saludar desde tu banca,
ese lugar que ahora vacío me espanta.
Extraño cuando me llamabas “Katita”
y a mis tres años me diste tus aros,
pequeños corazones, tesoros tan claros,
que guardan tu voz, tu risa infinita.
Estás viva en mi cabeza y en mi esencia,
pero los recuerdos se sienten inmensos,
me desespero al saber, con impotencia,
que a partir de ahora todo será distinto e intenso.
Quiero creer que me verás crecer
aunque yo no pueda verte a ti,
que seguirás infiltrada en mis días
chismoseando como antes lo hacías,
descubriendo partes de mí
que nunca llegaste a conocer así.
Porque eso tiene la muerte,
a veces une más de lo que separa
y el lazo se vuelve más fuerte.
Los muertos siempre son glorificados,
pero yo no pretendo hacerlo así.
No te llamé lo suficiente, lo sé,
pero siempre te llevé en mi mente.
Y te amaré, te amaré con insistencia,
por todo el resto de mi existencia.
Ana María
Autor: Katalina Carvajal
Los muertos siempre son glorificados,
más no pretendo brindarte devoción,
pues siento que no tengo ese perdón,
ahora que mis lágrimas calladas
te buscan tarde en muda confesión.
Te fuiste con semblante entristecido,
y aquí nadie supo darte consuelo a tiempo.
Quiero creer que nos miras
en tu escondido rincón del cielo,
donde guardas el aliento,
que nos observas rendidos, como antaño,
viviendo a nuestro modo, sin engaño.
Diecinueve años de vida compartida,
un solo abrazo desprevenido y callado
como dedicatoria a lo no dicho, de cuanto te amo.
Sé que debí agradecerte más la acogida,
por aceptarme cuando otros me habrían negado,
por llamarme “nieta” sin llevar tu sangre en mi vida.
Pensé que tendría tiempo para sentarme y hablar,
para contarte mis miedos y de la vida opinar,
aunque nunca fuimos tan cercanas.
Quería decirte que siempre estuve orgullosa
de llamarte abuela, voz cálida y hermosa.
Nunca olvidaré tu risa dramática,
ni la fortaleza tras tu mirada tensa.
Sé que fue duro ver pasar los años,
sentir el peso del tiempo en su balanza.
Sé que gritaste en silencio tantas veces,
deseando retroceder la suerte adversa,
hallar consuelo en páginas quemadas
aunque los recuerdos dolieran,
como si te mataran.
Extraño verte saludar desde tu banca,
ese lugar que ahora vacío me espanta.
Extraño cuando me llamabas “Katita”
y a mis tres años me diste tus aros,
pequeños corazones, tesoros tan claros,
que guardan tu voz, tu risa infinita.
Estás viva en mi cabeza y en mi esencia,
pero los recuerdos se sienten inmensos,
me desespero al saber, con impotencia,
que a partir de ahora todo será distinto e intenso.
Quiero creer que me verás crecer
aunque yo no pueda verte a ti,
que seguirás infiltrada en mis días
chismoseando como antes lo hacías,
descubriendo partes de mí
que nunca llegaste a conocer así.
Porque eso tiene la muerte,
a veces une más de lo que separa
y el lazo se vuelve más fuerte.
Los muertos siempre son glorificados,
pero yo no pretendo hacerlo así.
No te llamé lo suficiente, lo sé,
pero siempre te llevé en mi mente.
Y te amaré, te amaré con insistencia,
por todo el resto de mi existencia.
Publicado: 09/10/2025
Condenado al olvido
Autor: Katalina Carvajal
Como las golondrinas que saben volver,
él conocía el camino hacia mi querer
pero nunca se posó en mi tejado,
prefirió volar hacia otro prado,
y yo aprendí que el amor no se media en volver,
sino en su corazón decidido a no pertenecer.
Y en cada vuelo que rozaba mi cielo
yo esperaba el batir de sus alas con anhelo,
pero sólo quedaron sombras cruzando la tarde,
así entendí que algunas aves migran con alarde,
no por falta de nido ni consuelo,
sino porque nunca quisieron quedarse,
solo en mis recuerdos.
Como los peces
que reconocen la corriente del río,
él sabía en qué orilla esperar mi rocío
pero jamás buscó el agua donde yo nadaba,
prefirió hundirse en mares que no sentía
y yo aprendí que la ausencia también dolía.
El agua guarda memorias que nadie oye,
cada ola es un latido que nadie recoge,
y yo fui marea contenida
rompiéndome en la orilla de mi propia vida,
porque las emociones, como el río,
siempre buscan un cauce donde hallar su brío.
Tengo miedo de que en su presencia
mi risa tiemble como rama en la corriente,
y que descubra, sin quererlo,
que aún lo nombro en la penumbra silente,
aunque jure al mundo que ya no existe en mí.
He actuado toda mi vida,
con máscaras que me dolían,
he aprendido a ocultar el dolor,
a sonreír cuando quema el corazón,
pero ningún guion ha sido tan cruel
como fingir que no siento este fuego en mi piel.
Y descubrí que mi corazón se ha vuelto un abrigo
para un amor que parece condenado al olvido.
Condenado al olvido
Autor: Katalina Carvajal
Como las golondrinas que saben volver,
él conocía el camino hacia mi querer
pero nunca se posó en mi tejado,
prefirió volar hacia otro prado,
y yo aprendí que el amor no se media en volver,
sino en su corazón decidido a no pertenecer.
Y en cada vuelo que rozaba mi cielo
yo esperaba el batir de sus alas con anhelo,
pero sólo quedaron sombras cruzando la tarde,
así entendí que algunas aves migran con alarde,
no por falta de nido ni consuelo,
sino porque nunca quisieron quedarse,
solo en mis recuerdos.
Como los peces
que reconocen la corriente del río,
él sabía en qué orilla esperar mi rocío
pero jamás buscó el agua donde yo nadaba,
prefirió hundirse en mares que no sentía
y yo aprendí que la ausencia también dolía.
El agua guarda memorias que nadie oye,
cada ola es un latido que nadie recoge,
y yo fui marea contenida
rompiéndome en la orilla de mi propia vida,
porque las emociones, como el río,
siempre buscan un cauce donde hallar su brío.
Tengo miedo de que en su presencia
mi risa tiemble como rama en la corriente,
y que descubra, sin quererlo,
que aún lo nombro en la penumbra silente,
aunque jure al mundo que ya no existe en mí.
He actuado toda mi vida,
con máscaras que me dolían,
he aprendido a ocultar el dolor,
a sonreír cuando quema el corazón,
pero ningún guion ha sido tan cruel
como fingir que no siento este fuego en mi piel.
Y descubrí que mi corazón se ha vuelto un abrigo
para un amor que parece condenado al olvido.
Publicado: 09/10/2025