Lista de Poemas
Sin título
Autor: Anónimo
Qué estoy haciendo?
Creo me vendría mejor muerto
La magia arruina todos los desbordes del presente
Como una peste que aniquila las praderas
Que asco
Que me lean la mente
No hay nada mejor que hacer?
Entre las infinidades de delirios existentes?
Entre todos los hilos que conforman sus cabellos?
Creo que me vendría mejor muerto
Así sin que nadie me vea viéndote
Dejenme tranquilo mirarles sus presencias
Sin invocar más in situ la sucia magia
Que asco
Qué estoy haciendo?
Sin título
Autor: Anónimo
Qué estoy haciendo?
Creo me vendría mejor muerto
La magia arruina todos los desbordes del presente
Como una peste que aniquila las praderas
Que asco
Que me lean la mente
No hay nada mejor que hacer?
Entre las infinidades de delirios existentes?
Entre todos los hilos que conforman sus cabellos?
Creo que me vendría mejor muerto
Así sin que nadie me vea viéndote
Dejenme tranquilo mirarles sus presencias
Sin invocar más in situ la sucia magia
Que asco
Qué estoy haciendo?
Publicado: 24/02/2026
Donde la selva elige
Autor: Jesus Armando Contreras
Me pregunté por qué este poema no utiliza “palabras hermosas”.
La respuesta es simple: el hambre, el barro y el adiós no tienen sinónimos amables.
“Donde la selva elige” es mi manera de caminar junto a quienes siguen respirando detrás de nosotros, recordando que, aunque el mundo haya seguido sin ellos, sus nombres aún pesan en nuestra memoria.
Salimos sin saber que la selva
también elige.
Salimos porque quedarse
ya no era posible.
Salimos con la casa a cuestas,
en una bolsa de plástico,
con papeles sudados,
con fotos perdidas por el sudor y el agua.
El cuerpo aprendió pronto
el peso del barro hundido hasta los tobillos,
la ropa que no vuelve a secarse,
el idioma del cansancio
cuando los huesos empiezan a negociar.
La noche cayó sin pedir permiso.
Dormimos de pie,
con los ojos abiertos,
con el corazón en la boca,
cuidando lo poco que quedaba.
Hubo pasos que se quedaron atrás:
una mochila abierta,
un adiós que se tragó el mismo barro,
sin tiempo para despedirse.
El río no preguntó edades.
No preguntó promesas.
Tomó primero
a los nombres pequeños,
a los que aún no sabían nadar,
a los que confiaron
en un brazo cansado.
El agua siguió corriendo
como si nada.
Algunas mujeres siguieron andando
con un silencio impuesto,
con la mirada perdida,
con el cuerpo hecho territorio de paso
y las palabras enterradas en el sitio.
Nadie preguntó.
Nadie explicó.
Una madre corrió hasta que entendió
que el grito ya no alcanzaba
a cruzar el agua,
que el río y la selva
habían llegado antes,
que no todo el amor
sabe nadar.
Seguimos.
No por valentía,
sino porque nadie vino a buscarnos.
Seguimos contando pasos,
no cuerpos,
evitando mirar demasiado tiempo
los árboles que parecían tumbas,
la tierra removida a medias,
las cruces sin nombre
hechas con ramas ajenas.
Quedaron cuerpos sin nombre.
Quedaron zapatos solos.
Quedaron familias esperando una llamada
que nunca aprendió el camino.
Países enteros
no supieron
dónde terminó la esperanza.
Algunos nombres
siguen caminando detrás de nosotros.
Pesan.
Respiran.
No saben que murieron.
Nadie les avisó
que el mundo
ya había seguido
sin ellos.
Jesús Armando Contreras.
Donde la selva elige
Autor: Jesus Armando Contreras
Me pregunté por qué este poema no utiliza “palabras hermosas”.
La respuesta es simple: el hambre, el barro y el adiós no tienen sinónimos amables.
“Donde la selva elige” es mi manera de caminar junto a quienes siguen respirando detrás de nosotros, recordando que, aunque el mundo haya seguido sin ellos, sus nombres aún pesan en nuestra memoria.
Salimos sin saber que la selva
también elige.
Salimos porque quedarse
ya no era posible.
Salimos con la casa a cuestas,
en una bolsa de plástico,
con papeles sudados,
con fotos perdidas por el sudor y el agua.
El cuerpo aprendió pronto
el peso del barro hundido hasta los tobillos,
la ropa que no vuelve a secarse,
el idioma del cansancio
cuando los huesos empiezan a negociar.
La noche cayó sin pedir permiso.
Dormimos de pie,
con los ojos abiertos,
con el corazón en la boca,
cuidando lo poco que quedaba.
Hubo pasos que se quedaron atrás:
una mochila abierta,
un adiós que se tragó el mismo barro,
sin tiempo para despedirse.
El río no preguntó edades.
No preguntó promesas.
Tomó primero
a los nombres pequeños,
a los que aún no sabían nadar,
a los que confiaron
en un brazo cansado.
El agua siguió corriendo
como si nada.
Algunas mujeres siguieron andando
con un silencio impuesto,
con la mirada perdida,
con el cuerpo hecho territorio de paso
y las palabras enterradas en el sitio.
Nadie preguntó.
Nadie explicó.
Una madre corrió hasta que entendió
que el grito ya no alcanzaba
a cruzar el agua,
que el río y la selva
habían llegado antes,
que no todo el amor
sabe nadar.
Seguimos.
No por valentía,
sino porque nadie vino a buscarnos.
Seguimos contando pasos,
no cuerpos,
evitando mirar demasiado tiempo
los árboles que parecían tumbas,
la tierra removida a medias,
las cruces sin nombre
hechas con ramas ajenas.
Quedaron cuerpos sin nombre.
Quedaron zapatos solos.
Quedaron familias esperando una llamada
que nunca aprendió el camino.
Países enteros
no supieron
dónde terminó la esperanza.
Algunos nombres
siguen caminando detrás de nosotros.
Pesan.
Respiran.
No saben que murieron.
Nadie les avisó
que el mundo
ya había seguido
sin ellos.
Jesús Armando Contreras.
Publicado: 17/02/2026
Las plazas de nadie
Autor: Jesus Armando Contreras
Cruzó la línea una tarde
con su país a la espalda.
Roraima fue la frontera,
la primera madrugada.
Durmió meses en un banco
bajo el cielo de la plaza.
Lavaba autos por comida,
su ropa olía a esperanza.
Dos mudas eran su mundo,
dos camisas maltratadas.
El verano lo quemaba,
el invierno lo calaba.
Mosquitos como agujas
pinchaban su piel desvelada.
La noche llena de ruidos,
la ciudad larga y callada.
La promesa desde el sur
le ofreció nueva esperanza.
—Te espero en la terminal
el domingo en la mañana.
Viajó con fe temblorosa,
con la esperanza en el alma.
Llegó antes de la hora,
con la sonrisa que le salva.
Nadie pronunció su nombre.
Nadie cruzó la explanada.
El día lo encontró solo,
con la promesa quebrada.
Volvió a vender en semáforos,
a recorrer calles largas.
Dormía con un ojo abierto
por miedo a la madrugada.
Hasta que un hombre llegó
y sin razón lo miraba.
—Trae tu currículo mañana,
quizás haya alguna plaza.
No tenía hoja ni tinta,
ni palabras ordenadas.
Una mujer en oficina
le dio en papel su palabra.
Puso en papel su pasado
como quien arma una casa,
y contra todo pronóstico
lo llamaron esa semana.
Preguntó con voz muy baja
cómo llegaba a la fábrica.
Dijo que vivía “cerca”
y el silencio lo cercaba.
Ella ofreció recogerlo
en su auto al alba clara.
A las cinco ya esperaba
con la camisa mojada.
—Llegaste muy temprano,
eso habla bien de tu alma.
Él miró hacia el banco oscuro,
respiró hondo y sin máscara:
—Yo vivo en esa plaza.
Esa plaza es mi morada.
La mujer guardó silencio
como si algo se quebrara.
Y esa misma madrugada
le ofreció techo y su casa.
Desde entonces lleva al pecho
una gratitud callada.
Sabe que el mundo es áspero,
pero a veces abre alas.
Y cuando cruza la plaza
no baja nunca la cara.
Jesús Armando Contreras.
Las plazas de nadie
Autor: Jesus Armando Contreras
Cruzó la línea una tarde
con su país a la espalda.
Roraima fue la frontera,
la primera madrugada.
Durmió meses en un banco
bajo el cielo de la plaza.
Lavaba autos por comida,
su ropa olía a esperanza.
Dos mudas eran su mundo,
dos camisas maltratadas.
El verano lo quemaba,
el invierno lo calaba.
Mosquitos como agujas
pinchaban su piel desvelada.
La noche llena de ruidos,
la ciudad larga y callada.
La promesa desde el sur
le ofreció nueva esperanza.
—Te espero en la terminal
el domingo en la mañana.
Viajó con fe temblorosa,
con la esperanza en el alma.
Llegó antes de la hora,
con la sonrisa que le salva.
Nadie pronunció su nombre.
Nadie cruzó la explanada.
El día lo encontró solo,
con la promesa quebrada.
Volvió a vender en semáforos,
a recorrer calles largas.
Dormía con un ojo abierto
por miedo a la madrugada.
Hasta que un hombre llegó
y sin razón lo miraba.
—Trae tu currículo mañana,
quizás haya alguna plaza.
No tenía hoja ni tinta,
ni palabras ordenadas.
Una mujer en oficina
le dio en papel su palabra.
Puso en papel su pasado
como quien arma una casa,
y contra todo pronóstico
lo llamaron esa semana.
Preguntó con voz muy baja
cómo llegaba a la fábrica.
Dijo que vivía “cerca”
y el silencio lo cercaba.
Ella ofreció recogerlo
en su auto al alba clara.
A las cinco ya esperaba
con la camisa mojada.
—Llegaste muy temprano,
eso habla bien de tu alma.
Él miró hacia el banco oscuro,
respiró hondo y sin máscara:
—Yo vivo en esa plaza.
Esa plaza es mi morada.
La mujer guardó silencio
como si algo se quebrara.
Y esa misma madrugada
le ofreció techo y su casa.
Desde entonces lleva al pecho
una gratitud callada.
Sabe que el mundo es áspero,
pero a veces abre alas.
Y cuando cruza la plaza
no baja nunca la cara.
Jesús Armando Contreras.
Publicado: 17/02/2026
mi universo
Autor: polintrofobia
mira el mundo como está alrededor
qué es lo que sientes, yo siento mi interior
destellos radiantes, iluminan tus ojos
como mil soles dispuestos amanecer
cuando observo las emociones pasar
mi mente cambia y solo quiero pensar
mares repletos de tanta felicidad
lluvias completas de depresión sin final
todo mi cuerpo recorre las preguntas sin respuestas
solo me queda observar el tenue brillo mostrado
y que algun dia llegar desnudo y descalzo a tu lado
mi universo
Autor: polintrofobia
mira el mundo como está alrededor
qué es lo que sientes, yo siento mi interior
destellos radiantes, iluminan tus ojos
como mil soles dispuestos amanecer
cuando observo las emociones pasar
mi mente cambia y solo quiero pensar
mares repletos de tanta felicidad
lluvias completas de depresión sin final
todo mi cuerpo recorre las preguntas sin respuestas
solo me queda observar el tenue brillo mostrado
y que algun dia llegar desnudo y descalzo a tu lado
Publicado: 16/02/2026