Lista de Poemas
Nostalgia
Autor: Raisa Morros Green
La imagino vestida
de atardeceres oscuros
Su blanca piel
que vive en mi mirada solitaria
Y duerme mientras le escribo
Apago el sol con sus ojos.
Nostalgia
Autor: Raisa Morros Green
La imagino vestida
de atardeceres oscuros
Su blanca piel
que vive en mi mirada solitaria
Y duerme mientras le escribo
Apago el sol con sus ojos.
Publicado: 01/02/2026
Destello Anticipado
Autor: kayg097/TikTok
Tus ojos, dos luceros que supieron
anunciar la primavera de tu risa,
brotaron luces antes de que el labio
desatara el torrente de la dicha.
En ellos vi el destello de un paisaje
que aún no nombraba el viento de la boca:
un cielo despejándose en un gesto,
una mañana que a tu rostro brota.
Fue un instante sin tiempo, puro y quieto,
cuando el gozo, antes de ser sonido,
era apenas un brillo en tu mirada,
un relámpago íntimo, sin ruido.
Y comprendí que el alma ya ha reído
cuando los ojos encienden su aurora,
y que la boca solo es la mensajera
de una alegría que en la luz ahora.
Por eso guardo, como un mapa antiguo,
esa sonrisa que nació callada:
la del momento exacto en que tu alma
se asomó, radiante, por tu mirada.
Destello Anticipado
Autor: kayg097/TikTok
Tus ojos, dos luceros que supieron
anunciar la primavera de tu risa,
brotaron luces antes de que el labio
desatara el torrente de la dicha.
En ellos vi el destello de un paisaje
que aún no nombraba el viento de la boca:
un cielo despejándose en un gesto,
una mañana que a tu rostro brota.
Fue un instante sin tiempo, puro y quieto,
cuando el gozo, antes de ser sonido,
era apenas un brillo en tu mirada,
un relámpago íntimo, sin ruido.
Y comprendí que el alma ya ha reído
cuando los ojos encienden su aurora,
y que la boca solo es la mensajera
de una alegría que en la luz ahora.
Por eso guardo, como un mapa antiguo,
esa sonrisa que nació callada:
la del momento exacto en que tu alma
se asomó, radiante, por tu mirada.
Publicado: 19/01/2026
El arte de elegirnos
Autor: Javier Toro
Mis ojos se deslumbran ante el paisaje que los dioses pintaron en su mirada,
como si cada amanecer hubiese aprendido a nacer dentro de sus pupilas
para enseñarme que la belleza también sabe pronunciar su nombre.
Deseo perderme en esos ojos que custodian un universo entero,
donde la ternura se vuelve refugio
y el amor se esconde en cada gesto suyo.
Allí habitan los latidos que buscan los míos,
los silencios que solo su voz sabe romper,
y las caricias que aún no han sido pronunciadas.
Quiero caminar por los senderos de su alma,
tomar su mano en cada duda,
abrazarla en cada miedo
y quedarme en cada sonrisa que me regala sin saberlo.
Quiero conocer cada rincón de usted,
desde sus luces que iluminan mis días
hasta sus sombras que también amo,
porque incluso en ellas encuentro la forma más humana de su belleza.
Gracias por existir con esa forma tan suya de amar al mundo,
por enseñarme que el amor también se escribe en miradas,
en pausas, en suspiros compartidos
y en promesas que no necesitan palabras.
Gracias por ser esa mujer que habita mis pensamientos
y transforma mis silencios en esperanza.
Gracias por permanecer en mi vida
como el más bello regalo que el destino se atrevió a concederme.
El arte de elegirnos
Autor: Javier Toro
Mis ojos se deslumbran ante el paisaje que los dioses pintaron en su mirada,
como si cada amanecer hubiese aprendido a nacer dentro de sus pupilas
para enseñarme que la belleza también sabe pronunciar su nombre.
Deseo perderme en esos ojos que custodian un universo entero,
donde la ternura se vuelve refugio
y el amor se esconde en cada gesto suyo.
Allí habitan los latidos que buscan los míos,
los silencios que solo su voz sabe romper,
y las caricias que aún no han sido pronunciadas.
Quiero caminar por los senderos de su alma,
tomar su mano en cada duda,
abrazarla en cada miedo
y quedarme en cada sonrisa que me regala sin saberlo.
Quiero conocer cada rincón de usted,
desde sus luces que iluminan mis días
hasta sus sombras que también amo,
porque incluso en ellas encuentro la forma más humana de su belleza.
Gracias por existir con esa forma tan suya de amar al mundo,
por enseñarme que el amor también se escribe en miradas,
en pausas, en suspiros compartidos
y en promesas que no necesitan palabras.
Gracias por ser esa mujer que habita mis pensamientos
y transforma mis silencios en esperanza.
Gracias por permanecer en mi vida
como el más bello regalo que el destino se atrevió a concederme.
Publicado: 15/01/2026
Un año que no terminó nunca
Autor: Jesús Armando Contreras
Las noches se alargaban
como si el sueño también hubiera huido.
Dormíamos poco.
Respirábamos mal.
Yo estaba ahí.
No como héroe.
No como culpable.
Solo como un hombre
mirando de frente
algo que no sabía cómo nombrar.
El suelo se abrió al error humano.
Los ríos dejaron de ser ríos.
El mar perdió su color
y aprendió el peso del petróleo.
Vi peces subir
desesperados por aire,
como si el agua
ya no supiera sostenerlos.
Vi animales de tierra
buscar refugio en el agua,
empujados por una oscuridad espesa
que no entendía de especies.
El mundo estaba al revés.
Y nadie nos enseñó
cómo mirar eso
sin romperse por dentro.
Yo no fui quien rompió la tierra.
No fui quien abrió la herida.
Pero estuve ahí
cuando el daño ya estaba hecho
y el aire pesaba distinto.
Había un silencio raro,
un silencio que no era paz
sino espera.
Como si todo estuviera mirando
qué haría el hombre
después de fallar.
Durante cuarenta días
pedí perdón.
No por estrategia.
No por discurso.
Pedí perdón
porque ver sufrir a la vida
te vuelve pequeño
y te obliga a hablar con Dios
aunque no sepas cómo.
El verde dejó de ser verde.
Se volvió espeso.
Oscuro.
Como si la noche
hubiera aprendido a crecer
sobre las plantas.
Y yo miraba todo eso
con las manos vacías,
entendiendo
que hay daños
que no gritan
pero no se olvidan.
Con el tiempo entendí
que el desastre no termina
cuando limpian la costa
ni cuando callan las noticias.
Que siempre hay alguien
dispuesto a sacar provecho
del dolor ajeno,
a convertir la herida
en cifra,
en imagen,
en oportunidad.
Y supe,
con una certeza amarga,
que al mundo no lo destruye
solo el error,
sino la indiferencia
que viene después.
Yo seguí ahí.
Cansado.
Con el pecho apretado.
Desde entonces cargo esta memoria
como se carga una oración
que no se dice en voz alta.
No para señalar.
No para condenar.
Sino para recordar
que el orden del mundo
puede romperse
en manos humanas.
Y que cuando eso ocurre,
la naturaleza no pide discursos.
Solo espera
que alguien
no mire hacia otro lado.
Jesús Armando Contreras
Un año que no terminó nunca
Autor: Jesús Armando Contreras
Las noches se alargaban
como si el sueño también hubiera huido.
Dormíamos poco.
Respirábamos mal.
Yo estaba ahí.
No como héroe.
No como culpable.
Solo como un hombre
mirando de frente
algo que no sabía cómo nombrar.
El suelo se abrió al error humano.
Los ríos dejaron de ser ríos.
El mar perdió su color
y aprendió el peso del petróleo.
Vi peces subir
desesperados por aire,
como si el agua
ya no supiera sostenerlos.
Vi animales de tierra
buscar refugio en el agua,
empujados por una oscuridad espesa
que no entendía de especies.
El mundo estaba al revés.
Y nadie nos enseñó
cómo mirar eso
sin romperse por dentro.
Yo no fui quien rompió la tierra.
No fui quien abrió la herida.
Pero estuve ahí
cuando el daño ya estaba hecho
y el aire pesaba distinto.
Había un silencio raro,
un silencio que no era paz
sino espera.
Como si todo estuviera mirando
qué haría el hombre
después de fallar.
Durante cuarenta días
pedí perdón.
No por estrategia.
No por discurso.
Pedí perdón
porque ver sufrir a la vida
te vuelve pequeño
y te obliga a hablar con Dios
aunque no sepas cómo.
El verde dejó de ser verde.
Se volvió espeso.
Oscuro.
Como si la noche
hubiera aprendido a crecer
sobre las plantas.
Y yo miraba todo eso
con las manos vacías,
entendiendo
que hay daños
que no gritan
pero no se olvidan.
Con el tiempo entendí
que el desastre no termina
cuando limpian la costa
ni cuando callan las noticias.
Que siempre hay alguien
dispuesto a sacar provecho
del dolor ajeno,
a convertir la herida
en cifra,
en imagen,
en oportunidad.
Y supe,
con una certeza amarga,
que al mundo no lo destruye
solo el error,
sino la indiferencia
que viene después.
Yo seguí ahí.
Cansado.
Con el pecho apretado.
Desde entonces cargo esta memoria
como se carga una oración
que no se dice en voz alta.
No para señalar.
No para condenar.
Sino para recordar
que el orden del mundo
puede romperse
en manos humanas.
Y que cuando eso ocurre,
la naturaleza no pide discursos.
Solo espera
que alguien
no mire hacia otro lado.
Jesús Armando Contreras
Publicado: 02/01/2026