28 agosto, 2017 Anonimo

A la niña de Colón con Vespucio

Desde niña tu pelo rubio no lo podía ver, los aromos del San Cristóbal me lo anunciaban a la luz de la noche, en esa época cruel, tampoco las avenidas eran caminos que me llevaran a tus brazos, estaban llenas de cruces oxidadas por el olvido que un día muchos recordarían; el toque de queda me impedía oler tu aromo dulce al caer la tarde anaranjada en el jardín japonés; pero, olvidada de mí, creciste con perlas y damascos, como tu boca, refugiada en el patio de tu casa y tus padres vigilantes; allí nadabas en el parque cercano, no me podías ver porque yo seguía en el cerro cubierto de espinas, con verbo pero sin frutos; nada y nadie me dejó ser tu horizonte, jamás, imposible en todo caso…, hasta que te encontré en una sala, sentada de blanco sonriente, como el sol cuando ha bajado a abrazar el camino del hombre; en un instante que acariciaré siempre, descubrí que eras la niña de Colón del nunca más y el nunca jamás, que no existe, pude ver, sí, tus pies alados habían recorrido mundos acrílicos y cerrados, cubierta de rejas y ángeles descubiertos, con sus estómagos a la luz; así, desde el cruce, descubrí tu dulzura justo a tiempo, con un abrazo impensado rompí las cadenas que anidaban en tus pechos aun rebosantes de miel oculta, que quiero beber hasta el infinito